Si afirmamos que hemos realizado absolutamente el proyecto de la República martiana, no solo no diríamos la verdad, sino que estaríamos cerrando insensatamente las puertas del futuro. Lo que Cuba revolucionaria ha hecho en el campo de la justicia social, siempre en desfavorables circunstancias y más aún en los últimos años, es enorme; lo que le falta por hacer, afortunadamente, resulta inmedible. La creciente realización de los principios martianos, que no depende solo de nuestra voluntad sino también de los condicionamientos del mundo que nos rodea y especialmente de la política norteamericana, significa nada menos que nuestro horizonte histórico.
Hacia el horizonte se avanza, pero ¿se puede poseer? La función del horizonte es que avancemos hacia él. Incluso cuando retrocedemos, la seguridad de que existe el horizonte nos permite creer en la posibilidad de seguir avanzando. Lo que Martí nos propone, no solo en este o aquel texto, sino en la integralidad de su vida y de su obra, ¿es totalmente realizable? No creo que sean estas interrogantes lo que él preferiría en nosotros. Lo que él nos pide es que avancemos cada día. Este es el sentido martiano de la vida, en el que están incluidas las fuerzas negativas, no como razones para el desánimo, sino como acicates.
En un discurso fundador, Con todos, y para el bien de todos, Martí de entrada alerta sobre «el peligro grave de seguir a ciegas, en nombre de la libertad, los que se valen del anhelo de ella para desviarla en beneficio propio» y ensalza a «los cubanos que ponen su opinión franca y libre sobre todas las cosas». A eso es lo que llama «la dignidad plena del hombre», concepto que en la tajante disyuntiva (O la república tiene por base el carácter entero de cada uno de sus hijos […], o la república no vale una lágrima de nuestras mujeres ni una sola gota de sangre de nuestros bravos) se equilibra con otros dos factores indispensables: «el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí propio». No se trata de la libertad que puede utilizarse para fines indignos de ella (que es lo que tanto vemos hoy en los medios masivos internacionales), ni de la que, negándose también, se pone al servicio de ideas sin rostro (a lo que fue proclive cierto socialismo, y a veces lo es nuestra prensa). Hay, además, un coto a la libertad, al «ejercicio íntegro de sí», que es «el respeto, como honor de familia, al ejercicio íntegro de los demás». Porque «ejercicio íntegro de sí» no es egoísmo, no es individualismo amoral, no es capricho ni anarquía, mucho menos abuso de unos sobre otros. Es, precisamente, lo contrario: persona original que debe servir a la justicia colectiva: «la pasión, en fin, por el decoro del hombre».
Tales son los principios, tal el desiderátum. Pero si algo fue Martí, a la vez que hombre del espíritu, fue hombre de la historia, y si algo supo y no olvidó nunca, es que «no se hacen repúblicas en un día», que la justicia y la libertad no son regalos de nadie y que hay que conquistarlas, más allá de la liberación política, según las circunstancias objetivas, paso a paso. Prueba de ello es que, pocos meses después de las formulaciones anteriores, que ya se iban estableciendo como horizonte, en el primer número de Patria y adelantándose a la praxis del Partido Revolucionario Cubano, declara:
«Una es la prensa, y mayor su libertad, cuando en la república segura se contiende, sin más escudo que ella, por defender las libertades de los que las invocan para violarlas, de los que hacen de ellas mercancías, y de los que las persiguen como enemigas de sus privilegios y de su autoridad. Pero la prensa es otra cuando se tiene frente al enemigo. Entonces, en voz baja, se pasa la señal. Lo que el enemigo ha de oír, no es más que la voz de ataque». (Granma)